Blanca (i)

La muerte inminente es una vida que reinicia en cualquier momento. Porque encontrarnos en el abismo, solos, sin garantías del siguiente paso; nos regresa involuntariamente a lo conocido. Donde las cosas se daban por alcanzadas o en proceso de alcanzarse, donde se sabía qué ocurriría al amanecer, donde se sabía que el tiempo todavía sobraba. No importaba si queríamos que los días pasaran o no; al final estábamos vivos o eso era lo que creíamos. Teníamos un propósito impuesto, voluntario o en camino de descubrirse. Heredamos una historia que no nos pertenecía pero que rondaría nuestra existencia. Qué sería del presente sin historias pasadas que contar.

Nací entre los años que el mundo dejó de bombardearse. Bueno, en realidad un mundo lejano porque donde yo nací, las noticias llegaban con meses de tardanza. Y eran rincones de América tan abandonados que ni la avaricia extranjera había tocado. Las ciudades de los puertos tenían un par de beneficios frente a aquellos poblados que quedaban a días de viaje. ¿Quién recorrería tanto por tan poco? Mi abuelo. Del cual sé casi nada. Mi padre no alcanzó a dejar mayor registro de él y mi madre nunca se interesó de sobremanera por los antepasados. Sé que llegó de Brasil, con la visión de adentrarse en los campos de la costa ecuatoriana y probar suerte. No le fue tan mal en comparación a sus compañeros de viaje. Algunos murieron a los pocos meses de soportar las vicisitudes de la línea 0. Mi abuelo se casó, tuvo cuatro hijos y murió creyendo, como muchos, que el deber había sido cumplido. Años más tarde, tal vez, dónde sea que haya sido enterrado, tuvo que haber muerto de nuevo o revolcarse en su tumba como popularmente se dice.

Mi padre, Juan José, era el más listo de sus hermanos. Y no lo digo porque sea mi padre sino porque realmente lo fue. Supo administrar lo que recibió, defendió los valores que creía correctos y se casó con la mujer más preciosa que sus ojos conocieron. La vida iba viento en popa, bastante simple y fácil de llevar. Mi padre salía muy temprano a recorrer las tierras y pedir cuentas a los encargados. Mi madre, entregada completamente a supervisar la casa grande, sonreír para los invitados y con el propósito de llenar con niños el lugar. Así nacíamos con intervalos de meses o un año y nunca más que eso.

Nos educamos en la escuela de la casa, éramos tantos que resultaba más cómodo tener una profesora solo para nosotros. Ahí aprendí las letras que daban sentido a mi nombre, Blanca Esmeralda. Pero para cuestiones prácticas sólo Blanca. Tengo pocos recuerdos de mi infancia bajo la protección de mi papá. Cuando mi hermana más pequeña no alcanzaba ni la mitad de su primer año; mi padre fue asesinado por sus hermanos. Una envidia enfermiza fue suficiente para que una bala cruce su pecho. Una bala disparada por manos que antes lo habían abrazado. Manos que lo habían querido, que habían jugado con él de pequeño, que prometieron cuidarlo siempre.

Esa mañana mi madre encontró el cuerpo de su esposo a pocos metros de las caballerizas. Ella perdió el norte, los gritos histéricos solo la sumieron en un silencio sepulcral. Y no, ni la súplica más pedida ni el reclamo más justo lograrían revivir a mi papá. Sin pensarlo, sin despedirnos, sin preparación. Nos quedamos solos bajo las faldas de mi mamá, muertos de miedo y ella todavía más.

Los hermanos de mi padre, aunque no sé cómo se los puede llamar así, no tardaron en llegar a la casa grande con matones y gente que trabajaba para ellos. Entre forcejeos y sin amparo alguno nos obligaron a abandonar el lugar dónde habíamos crecido. El lugar donde nacimos, donde mis padres fueron felices y pensaban envejecer. Ahora, todas las habitaciones, el salón principal, la cocina, todo, absolutamente todo quedaba en manos de otros. Nuestros cumpleaños, las navidades, los momentos alegres y también los amargos nos fueron arrebatados sin razón. Qué mal le hace la avaricia al hombre y cómo puede ser capaz de vender su alma al diablo por unos cuantos papeles impresos. No hubo tiempo de empacar y tampoco había razón para hacerlo con mucho detalle. ¿Dónde iríamos?

Yo por supuesto, tengo vagas escenas de esos momentos pero no me imagino la desesperación que tomó a mi madre por sorpresa. No solo verse viuda sino que ahora en la calle. Y con varias bocas que alimentar. No tengo fotos de mis hermanos cuando éramos pequeños, todo eso se perdió en la expropiación que nos hicieron. De mi padre solo me queda una foto, un hombre elegantísimo, de cabello oscuro y mirada profunda. Un hombre que extrañé cada día de mi vida pero que estuvo presente a través de mis hermanos. Quisiera pensar que mi papá no tuvo tiempo de sufrir por lo que se desataría con su ausencia. Intento pensar que aquella bala realizó su cometido rápidamente y mi padre murió al instante. Espero que su último pensamiento haya sido mi madre sonriéndole.