Arribos Nacionales

Vio a su alrededor, vio el tropel de gente, vio la efervescencia del tiempo disolviéndose frente a sus ojos. Vio todo y a la vez vio tan poco, vio lo que no quería ver. Pero, ¿qué era realmente lo que ansiaba observar? Dentro de su ser lo sabía, así como sabía que tenía pocas probabilidades de verlo. ¿Qué hacer cuando encuentras frente a ti una realidad que no te agrada? Una realidad incómoda, que duele, que desgarra, que destruye los escasas construcciones de felicidad que posees.

–Fue imposible Soraya, el control fronterizo no los dejó pasar.

Y así, después de una breve oración, las rodillas de Soraya tocaron el piso. Su hermana rápidamente la tomó por los brazos para ahorrarle un espectáculo frente a desconocidos. Nadie más en esa sala de terminal debía enterarse de su sufrimiento. Porque suficientes desgracias le había traído su infertilidad y suficiente pena le llegaba de terceras personas. La mujer perdió ligeramente el sentido de las cosas, aferrada al cuerpo de su hermana caminó con apuro hacia el auto que las estaba esperando. Juan Carlos Ríos y su asistente permanecieron impolutos en la sala de arribos nacionales hasta que las dos mujeres desaparecieron entre el gentío.

El trayecto del terminal de buses hasta su casa duraba aproximadamente 40 minutos. Soraya sacó de su bolso una pequeña mantita y la dejó sobre su pecho. Ya no lloraba, pero el dolor dejaba su cuerpo de forma abstracta a través de sus poros. No pronunció ni una palabra durante el recorrido y su hermana se limitó a pensar en cómo hacerla dormir esa noche sin escándalos. A Soraya le faltaban pocos meses para llegar a su tercera década de vida. Al poco tiempo de terminar la universidad, regresó a su país para casarse con Eduardo Jaramillo, un abogado con un futuro prometedor. Eduardo y Soraya se conocieron en el colegio y unos meses antes de su graduación decidieron oficializar una relación que para muchos no ameritaba oficializarse. Ambos tenían planes de estudiar en el exterior y entre una universidad y otra contaban con el Atlántico de separación. Contra todo pronóstico, en diciembre de 1982 contrajeron matrimonio bajo una lluvia que no daba tregua y podía fungir perfectamente de testigo.

Soraya utilizó un vestido blanco de crepé, sin apliques, sin velo, sin joyas ostentosas. Usó una pulsera de su madre, los aretes que llevó su hermana mayor el día de su boda y un ramo de peonías con lavanda. Para algunas tías de Eduardo, Soraya era demasiado simple, con poca gracia e introvertida. Ellas decían que seguramente el estilo despreocupado de la muchacha se debía a la rápida orfandad en la cual se vio sumida.

–Ojalá que aunque sea pueda darle niños bonitos a mi Eduardo.
–Calla hermana. Es una buena muchacha. Ya verás lo preciosos que serán mis nietos.

Cuatro años después no había nietos que engreír, ni hijos que cuidar. A los pocos meses de casada Soraya recibió la noticia de su incapacidad para ser madre. Para ella no existía ni siquiera la posibilidad de un tratamiento. Todas las puertas se le cerraron y buscar más alternativas sería una pérdida de tiempo. Eduardo elaboró un discurso al igual que tantos otros que había formulado en las cortes. La historia oficial sería que lo estaban aplazando, que no tenían mucho tiempo para los hijos, que el siguiente año tal vez lo pensarían. Pero la gente no era tonta y los rumores en los almuerzos familiares no tardaron.

***

–Hermana, me enteré de unos niños que traen de un orfanato en Colombia. Son preciosos hermana mira las fotos.

–¿Estás loca Emilia? ¿Perdiste el juicio? ¡Cómo te atreves a insinuar que pague por una criatura!

Emilia se quedó atónita, como si la reacción de su hermana en realidad no estaba ocurriendo. Las miradas de ambas se cruzaron fijamente en un lapso que detuvo el ritmo del reloj. La pausa solo vio su fin en una nueva reacción de ira.

–¿Quieres que te sigan viendo con pena? Bueno, que las tías de tu marido sigan diciendo que eres una mujer con fallas.

–Ándate Emilia, por favor.

–Hermana, sé que estás viviendo un infierno. Por favor, al menos piénsalo. Podría funcionar.

Las fotos de los niños colombianos permanecieron sobre el escritorio de Eduardo. El orfanato estaba ubicado en una ciudad que para muchos no era de nadie. Si a los territorios fronterizos entre dos países no llega ningún dios conocido, la situación empeora cuando el territorio se divide para tres banderas distintas. A través de las fotografías que había conseguido Emilia era posible palpar el abandono y la incertidumbre de las criaturas. Hijos de la prostitución, abortos que no llegaron a consumarse, frutos de violación o de la guerrilla, los niños de Puerto Leguízamo estaban destinados a un círculo de injusticias del que difícilmente saldrían. En una realidad por excelencia torcida, paradójicamente torcerse era un imán de más prejuicios y críticas.

Soraya revisó cuidadosamente las fotos mientras intentaba sentir la aprobación divina del acto que estaba dispuesta a hacer. Fingir el embarazo, desaparecer unos meses, decir que estaba en cuidados especiales para no perder el bebé, cualquier excusa pulida con cabeza fría serviría para darle la familia que quería. Entre sollozos la muchacha decidió convencerse de que estaba haciendo lo correcto, de que estaba salvando de un infierno terrenal a un inocente, de que estaba cuidando el futuro de su matrimonio.

***

Juan Carlos Ríos acercó el periódico que tenía en sus manos para cerciorarse de lo que estaba leyendo. El titular rezaba ‘De compadres a enemigos’ y claro, el caos con normal retraso se estaba apoderando del país. Soraya y Emilia quienes estaban prácticamente recluidas, por los falsos tratamientos especiales de fertilidad en una casa a las afueras de la capital, recibieron la llamada de Ríos. Con un tono sereno les comunicó que intentarían nuevamente la operación y que ya había logrado tener contacto con los padres ficticios que estaban en la frontera. Esta vez, según su experiencia, estaba seguro de que la operación no fallaría.

Cuando los egos carcomen rápidamente a los hombres, toman lugar sucesos que con el pasar de los años pasan al rincón de la vergüenza nacional. Las peleas se encienden, las palabras deformadas del lenguaje surgen y las víctimas casi por regla terminan siendo inocentes, civiles, pobres. Víctimas que no reciben más que un vacío mensaje de condolencias, víctimas que encontraron en servir a otros con su vida como la única forma de surgir. Cuánto daño puede hacer un líder temperamental con adeptos, cuánta adulación necesitan las hombres para sentirse satisfechos, cuánta importancia gana la ignorancia en momentos de rebelión. Decir lo que los otros quieren escuchar fue la clave del éxito para el militar rebelde. Decir lo que él quería transmitir fue la historia oficial para el presidente secuestrado. Es difícil encontrar una verdad absoluta, pero la historia se hace más llevadera si el que imprime los periódicos tiene los bolsillos contentos con el auspicio de un solo bando.

Una guayabera manchada, 7 cuerpos bajo la responsabilidad de medicina legal y 9 millones de personas escuchando las actualizaciones del suceso por radio. Durante las casi 12 horas de abismo democrático, Juan Carlos Ríos aprovechó para movilizar en la clandestinidad a una niña prematura de pocas semanas de nacida. Entre insurgentes frenéticos y análisis de costos políticos llegó la hija de Soraya y Eduardo. Bajo un pacto de silencio con Emilia y la suerte de desarrollar cierto parecido con su padre, la niña llegó a iluminar las fotos familiares. María Guadalupe era un milagro para todos, era el fiel reflejo de que las súplicas sí pueden ser escuchadas según las tías de su padre. Fue bautizada en la Basílica del Voto Nacional el 12 de diciembre de 1987 y recibió el agua bendita mientras estaba en los brazos de su madrina Emilia. Los tratamientos especiales de médicos estadounidenses no eran más que las jugarretas y coimas de Ríos para complacer a su cliente. Las fotos de ese día quedaron muy cerca de aquellas que retrataban a Soraya con una incipiente barriga de embarazo y también del brindis de su matrimonio, ese día en el que la lluvia no dio tregua.